Cuando mi cuerpo me pidió que lo escuchara

Tenía 19 años cuando tuve a mi primer hijo.

Era muy joven y estaba comenzando una etapa completamente nueva de mi vida. En ese momento no imaginaba que, junto con la maternidad, también comenzaría un camino que años después me llevaría hasta el yoga.

Fue después del nacimiento de mi hijo cuando supe que tenía un problema en la columna.

Comenzaron los dolores y tuve que recurrir a medicamentos para poder controlarlos.

Al principio, como muchas personas, pensaba que el dolor simplemente era algo que tenía que soportar. Pero poco a poco empecé a buscar otras alternativas que pudieran ayudarme a sentirme mejor.

Probé diferentes ejercicios.

Intenté moverme de distintas maneras.

Busqué qué podía hacer para fortalecer mi cuerpo y disminuir las molestias.

Pero el dolor seguía siendo parte de mi vida.

Pasaron los años y yo continuaba buscando una forma de sentirme mejor.

Hasta que, aproximadamente en 2009, encontré el yoga.

No sabía en ese momento que ese encuentro iba a cambiar mi vida.

Al principio, simplemente quería encontrar una manera diferente de mover mi cuerpo. Pero poco a poco comencé a descubrir algo que iba mucho más allá de las posturas.

El yoga me enseñó a respirar.

A moverme con conciencia.

A escuchar mi cuerpo.

A tener paciencia.

Y a respetar mis propios límites.

Con el tiempo, mi relación con el dolor también comenzó a cambiar. Mi práctica de yoga se convirtió en una parte importante de mi vida y, para mi sorpresa, llegó un momento en el que dejé de tomar el medicamento para el dolor.

Para mí, aquello fue muy significativo.

No porque el yoga hubiera sido una solución mágica, sino porque había encontrado una práctica que me ayudaba a conectar con mi cuerpo de una manera completamente diferente.

Había comenzado buscando alivio para mi cuerpo y terminé encontrando mucho más.

Encontré una forma de estar presente.

Encontré respiración.

Encontré movimiento.

Encontré calma.

Y, sobre todo, encontré una nueva relación conmigo misma.

Mirando hacia atrás, pienso que aquel problema de columna, que en ese momento solamente representaba dolor y preocupación, terminó llevándome hacia un camino que nunca imaginé.

Un camino que comenzó cuando tenía 19 años.

Un camino que me llevó al yoga en 2009.

Y un camino que todavía continúa.

Porque mi historia con el yoga no terminó cuando dejé de tomar el medicamento.

En realidad, ahí apenas comenzaba.

Años después mi cuerpo volvería a cambiar y aparecería un nuevo reto en mi vida: la fibromialgia.

Pero esa es otra parte de mi historia.

Y también quiero contarla.

Este ha sido mi camino con el yoga.

Un camino que comenzó con dolor y que poco a poco me enseñó a escuchar mi cuerpo.

Un camino que sigo recorriendo…

Con Amor.

— Marcela

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