
Cuando comencé a vivir con la fibromialgia, entendí que mi manera de practicar yoga tenía que cambiar.
No quería dejar el yoga. Al contrario, quería encontrar una forma de seguir practicándolo que respetara el cuerpo que tenía en ese momento.
Y ahí comenzó otro aprendizaje.
Con el tiempo fui entendiendo que hacer yoga no significa hacer siempre una práctica intensa. Hay días en los que mi cuerpo tiene más energía y puedo realizar una práctica un poco más activa. Pero también hay días en los que necesito bajar el ritmo y darle prioridad a la respiración, los movimientos suaves y la relajación.
Para mí, combinar yoga y fibromialgia significa aprender a preguntarme antes de comenzar:
¿Cómo se siente mi cuerpo hoy?
No cómo se sentía ayer.
No cómo quisiera que se sintiera.
Hoy.
A partir de ahí puedo decidir qué necesita mi práctica.
A veces comienzo con movimientos muy suaves para despertar el cuerpo. Movilizar lentamente el cuello, los hombros, las manos, la columna y las caderas puede convertirse en una manera de observar cómo estoy antes de continuar.
La respiración también se vuelve fundamental.
En lugar de apresurarme para pasar de una postura a otra, intento darle espacio a la respiración y permitir que el movimiento la acompañe.
También he aprendido a utilizar apoyos.
Una pared, una silla, un cojín o una manta pueden hacer que una postura sea más cómoda y accesible. Para mí, utilizar un apoyo no significa que estoy haciendo menos yoga.
Significa que estoy escuchando mi cuerpo.
Otra parte importante de mi práctica es la relajación.
Hay momentos en los que una práctica de Yoga Nidra, una meditación o simplemente permanecer unos minutos en silencio puede ser mucho más apropiado que realizar una secuencia larga de posturas.
Eso también es yoga.
Y quizás una de las cosas más importantes que he aprendido es que no existe una única manera correcta de practicar.
Mi práctica puede cambiar de un día para otro.
Puede ser de treinta minutos.
Puede ser de diez.
Puede ser una práctica sentada.
Puede ser solamente respiración y relajación.
Y algunos días puede ser simplemente descansar.
Eso también forma parte de mi camino.
No quiero que mi experiencia signifique que el yoga es un tratamiento para la fibromialgia. Cada persona es diferente y cada cuerpo necesita ser escuchado y, cuando corresponde, acompañado por profesionales de la salud.
Lo que sí puedo compartir es mi experiencia:
el yoga me enseñó a dejar de pelearme con mi cuerpo y comenzar a trabajar con él.
Hoy no practico para demostrar cuánto puedo hacer.
Practico para sentirme presente.
Para respirar.
Para moverme dentro de mis posibilidades.
Para conocer cómo estoy.
Y para recordarme que cuidar de mí también es una forma de amor.
Quizás esa sea la combinación que más sentido tiene para mí:
Yoga + escucha + paciencia + adaptación.
No se trata de obligar al cuerpo a seguir nuestro ritmo.
Se trata de aprender cuál es el ritmo que nuestro cuerpo necesita.
Y cada día puede ser diferente.
Eso también es parte del camino.
Con Amor.
— Marcela
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