
Hay momentos en la vida en los que algo que hacemos por nosotros mismos comienza a tomar un significado diferente.
Para mí, ese momento llegó durante la pandemia.
Cuando el mundo se detuvo y tuvimos que permanecer en casa, el yoga se convirtió en una parte importante de mi rutina. Practicaba en mi hogar, buscando ese espacio de tranquilidad, movimiento y conexión que tanto valor tenía para mí.
En medio de la incertidumbre que vivíamos, encontré en mi práctica una oportunidad para detenerme, respirar y dedicarme un momento a mí misma.
El yoga ya llevaba años acompañándome desde que lo descubrí alrededor de 2009, cuando buscaba una manera diferente de relacionarme con mi cuerpo y afrontar mi problema de columna.
Pero durante la pandemia comencé a descubrir que quería profundizar mucho más en esta práctica.
Ya no quería solamente seguir videos o repetir posturas. Quería comprender mejor el yoga, aprender sus principios y conocer cómo podía compartirlo con otras personas.
Fue entonces cuando decidí comenzar mi certificación de yoga en línea.
Estudiar desde casa fue una experiencia nueva. Poco a poco fui aprendiendo más sobre las posturas, la respiración, la relajación y la importancia de adaptar la práctica a las necesidades de cada persona.
Mientras avanzaba en mi formación, también observaba lo que sucedía a mi alrededor.
La pandemia trajo incertidumbre, preocupación y ansiedad para muchas personas. En mi propia familia, algunos de mis seres queridos estaban atravesando momentos difíciles emocionalmente.
Y comencé a preguntarme:
¿Podría compartir con ellos algo de lo que el yoga me había enseñado?
No tenía todas las respuestas, pero sí tenía el deseo de ayudar.
Así fue como empecé a compartir mis prácticas con mis familiares más cercanos.
Mi intención era sencilla: ofrecerles un espacio en el que pudieran detenerse por un momento, respirar, moverse suavemente y encontrar un poco de calma en medio de tantas preocupaciones.
No se trataba de hacer posturas perfectas ni de exigirle al cuerpo más de lo que podía dar.
Se trataba de estar presentes.
De dedicar unos minutos a la respiración.
De soltar un poco la tensión.
De permitirnos hacer una pausa.
Y de recordar que, incluso en los momentos difíciles, podemos encontrar pequeños espacios para cuidarnos.
Aquellas primeras experiencias fueron muy significativas para mí.
Comencé a comprender que enseñar yoga no consistía solamente en conocer las posturas o saber cómo dirigir una clase.
También significaba observar, escuchar, tener paciencia y respetar el proceso de cada persona.
Entendí que cada cuerpo es diferente y que cada persona llega a la práctica con sus propias necesidades, emociones y experiencias.
Lo que para alguien puede ser un movimiento sencillo, para otra persona puede representar un gran esfuerzo. Y lo que alguien necesita un día puede ser completamente diferente al día siguiente.
Por eso, aprendí a valorar las prácticas sencillas, la respiración consciente y los momentos de silencio.
Poco a poco, aquello que había comenzado como una práctica personal se transformó en el deseo de compartir el yoga.
Mi camino como instructora no nació de querer enseñar a los demás cómo debían vivir, sino de compartir una herramienta que había sido importante en mi propia vida.
El yoga me había acompañado durante años, a través de los cambios de mi cuerpo y de distintas etapas personales. Ahora quería ofrecer a otras personas la oportunidad de descubrir su propia relación con esta práctica.
Con el tiempo comprendí que no necesitaba tener una historia perfecta para compartir lo aprendido.
Seguía aprendiendo.
Seguía descubriendo cosas sobre mí misma.
Y mi propio cuerpo continuaba enseñándome a escuchar, adaptar y respetar mis límites.
Hoy, cuando pienso en cómo comenzó esta etapa, recuerdo aquellas prácticas en casa, las clases que compartía con mi familia y el deseo sincero de ayudar a quienes estaban cerca de mí.
De ahí nació una parte importante de mi camino.
De practicar yoga para mí, a compartirlo con amor.
Porque a veces no necesitamos grandes cosas para acompañar a alguien.
A veces basta con crear un espacio tranquilo, respirar juntos y recordarnos que no tenemos que atravesarlo todo solos.
Ese es el espíritu que quiero conservar en cada clase que comparto.
No busco la perfección.
Busco presencia.
No busco que todos hagan lo mismo.
Busco que cada persona pueda escuchar su cuerpo.
Y no quiero que el yoga sea una exigencia más en nuestras vidas, sino una oportunidad para tratarnos con mayor paciencia y compasión.
Hoy sigo aprendiendo, sigo practicando y sigo compartiendo este camino.
Y si algo quiero llevar conmigo en cada clase, es la intención con la que todo comenzó:
Compartir aquello que me ha ayudado, con la esperanza de que también pueda acompañar a alguien más.
Ese es mi camino.
De alumna a instructora.
De una práctica personal a un espacio compartido.
Y siempre…
Con Amor.
— Marcela
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